Desafiando el orden de cosas establecido y arrebatando la tranquilidad del sueño nocturno, irrumpe la duda. Molesta, inquietante y siempre anticipo de un cambio, este sentimiento nos invade en menor o mayor grado cuando las verdades que rigen nuestras vidas ya no son tan ciertas o sus argumentos ya no son lo suficientemente fuertes para permitirnos seguir.
Una duda es siempre signo de la necesidad que tenemos de hacer un alto en el camino y reconsiderar si: la vía que tomamos, el vehículo que nos lleva o el momento en que decidimos emprender cierta travesía son los adecuados.
Es molesta por naturaleza, pero necesaria para la evolución de la humanidad. Nuestro presente sería diferente si algunas mentes no se hubieran dado a la tarea de dudar sobre la forma en que vivían. No estaríamos hoy transportándonos sobre ruedas, orbitando nuestro planeta e incluso ni siquiera sabríamos de la existencia de civilizaciones distintas a las nuestras. Fue y es la duda el gusanito que ha empujado grandes verdades y descubierto nuevas formas de hacer las cosas.
Cada día me convenzo más sobre la necesidad del ser humano de creer en algo. Sin esa cuota de fe (que es el vital beneficio de la duda) no creo posible la capacidad de querer vivir. La fe y la capacidad de dudar es lo único determinante que ha perdido el candidato a suicida para tomar su infame decisión.
¿Qué sería de nuestra capacidad de creer sin la duda? En dos extremos casi opuestos, una no puede vivir sin la otra. Su dicotomía les da su existencia y al mismo tiempo nos mantiene vivos, en el eterno juego de creer y dudar.
Una duda es siempre signo de la necesidad que tenemos de hacer un alto en el camino y reconsiderar si: la vía que tomamos, el vehículo que nos lleva o el momento en que decidimos emprender cierta travesía son los adecuados.
Es molesta por naturaleza, pero necesaria para la evolución de la humanidad. Nuestro presente sería diferente si algunas mentes no se hubieran dado a la tarea de dudar sobre la forma en que vivían. No estaríamos hoy transportándonos sobre ruedas, orbitando nuestro planeta e incluso ni siquiera sabríamos de la existencia de civilizaciones distintas a las nuestras. Fue y es la duda el gusanito que ha empujado grandes verdades y descubierto nuevas formas de hacer las cosas.
Cada día me convenzo más sobre la necesidad del ser humano de creer en algo. Sin esa cuota de fe (que es el vital beneficio de la duda) no creo posible la capacidad de querer vivir. La fe y la capacidad de dudar es lo único determinante que ha perdido el candidato a suicida para tomar su infame decisión.
¿Qué sería de nuestra capacidad de creer sin la duda? En dos extremos casi opuestos, una no puede vivir sin la otra. Su dicotomía les da su existencia y al mismo tiempo nos mantiene vivos, en el eterno juego de creer y dudar.
Dios!! Que profundo!! Reflexiono profundamente y más viniendo de ti... Te mando un fuerte abrazo desde San Cristóbal a veces y desde Mérida otras tantas... Sigue escribiendo tan prodigiosamente y no dudes en compartir lo que escribas conmigo... Gracias!!
ResponderEliminarLa duda, como el miedo, es un elemento que debemos administrar en pequeñas dosis que nos sirvan para discernir entre la verdad y la mentira, entre los bueno y lo malo, entre el "placer y la culpa"; pero no debe convertirse en una tela de Penélope (la esposa de Ulises) quien tejía en el día y destejía por las noches para nunca terminar.
ResponderEliminarLo dubitativo nos sirve como herramienta para lo asertivo, lo racional y lo correcto (o el dahrma, como lo llaman los hindúes); pero cuando se trata del instinto, de la pasión y del deseo, la duda es sólo un bache en el camino de las acciones que ya han sido tomadas por nuestro cerebro más primitivo.
Hola María Alejandra, te felicito por el blog. Lo leí desde que me enviaste el enlace. Ciertamente lo que escribes sobre la duda es cierto. Deberiamos decir: Dudo luego existo...
ResponderEliminarEspero saber de tí pronto y leer los avances de la tesis. Ah! ya no estoy al frente de la Coordinación de Maestria.
Un beso.
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